
El Legado en Ruinas: Reflexiones sobre la Administración de María Elena Solana Calzada en San Andrés Tuxtla.
Columnas19/01/2026 Por Eduardo Beye.En las últimas semanas, desde que la administración de María Elena Solana Calzada entregó el Ayuntamiento de San Andrés Tuxtla a las nuevas autoridades, ha salido a la luz un panorama desolador que no puede pasar desapercibido. Edificios municipales en estado de abandono total: paredes agrietadas por la humedad, expedientes empapados y deteriorados, instalaciones eléctricas precarias y un mantenimiento nulo que pone en riesgo no solo la eficiencia administrativa, sino la seguridad de quienes laboran allí. ¿Cómo es posible que un gobierno municipal haya operado en condiciones tan deplorables durante años? Esta pregunta no es retórica; es un reclamo legítimo ante la evidencia de un descuido sistemático que revela mucho más que simple negligencia.

Imaginemos por un momento el día a día en esas oficinas: empleados lidiando con techos que gotean, archivos irrecuperables por el moho y espacios que parecen sacados de un edificio abandonado en lugar de ser el corazón administrativo de un municipio veracruzano. ¿Cómo se tomaban decisiones importantes en un entorno que grita desorden y falta de recursos? La respuesta parece obvia: con improvisación y opacidad. El descuido en la infraestructura de un gobierno no es un detalle menor; es un espejo que refleja la transparencia —o la falta de ella— de quienes lo dirigen. Si no se invierte en el mantenimiento básico de las instalaciones públicas, ¿qué garantiza que los fondos se hayan usado de manera adecuada en otros rubros? Esta incongruencia es patente: no se puede esperar que líderes que permiten tal deterioro en lo público vivan rodeados de lujos en lo personal, ya que esa doble moral permea todas sus decisiones, erosionando la confianza ciudadana.
Y es que, a la fecha, las sospechas de malos manejos y corrupción no son meros rumores. Reportes independientes han documentado un daño patrimonial estimado en 52 millones de pesos durante su gestión, con señalamientos de una red de corrupción que involucra a funcionarios cercanos. Incidentes como la retención de la alcaldesa por comerciantes indignados, que la obligaron a huir disfrazada de policía, o las rupturas internas en su partido por acusaciones de irregularidades, pintan un cuadro de una administración marcada por el conflicto y la desconfianza. Incluso, en el cierre de su periodo, se erogaron alrededor de 30 millones de pesos en una empresa para el manejo del relleno sanitario que, al final, no operó correctamente ni dio mantenimiento adecuado, dejando otro problema heredado.
La decepción entre los sanandrescanos es palpable y justificada. Un municipio con altos niveles de pobreza y rezago social merecía más que un gobierno que deja ruinas a su paso. Ciudadanos que esperaban transformación han expresado su frustración en redes y foros locales, cuestionando cómo un legado de descrédito y acusaciones puede reconciliarse con promesas de cambio. La exalcaldesa ha intentado defenderse mediante cartas públicas, deslindándose de las críticas, pero las evidencias acumuladas —desde inmuebles en ruinas hasta investigaciones pendientes— hablan por sí solas.
En última instancia, este caso nos obliga a reflexionar sobre la responsabilidad pública. Un gobierno que descuida su propia casa no puede pretender cuidar la de sus ciudadanos. San Andrés Tuxtla merece una reconstrucción no solo física, sino ética, para restaurar la fe en sus instituciones. Ojalá las nuevas autoridades tomen nota y actúen con la transparencia que tanto ha faltado.



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